El universo sonoro de las tierras pirenáicas conoció desde finales del S. XIX
una innovación que, procedente del centro de Europa, se iba a extender por todo
el mundo. El acordeón irrumpió con gran fuerza, conviviendo primero y sustituyendo
después a instrumentos y agrupaciones tradicionales como la flauta y tambor
(membranófono y de cuerdas), violín y guitarra, gaitas, etcétera.
Eran múltiples las ventajas del acordeón respecto de otros instrumentos
tradicionales: salvo averías y defectos producidos por desgaste, es de
facil mantenimiento, no es preciso afinarlo cada vez que se va a utilizar.
Y quizá lo más importante - asociado a las nuevas tendencias de moda - son sus
posibilidades polifónicas. Especialmente la disponibilidad de bajos y acordes,
ya formados, en la mano izquierda le hacen muy apto para músicas rítmicas, y
especialmente para las de las danzas entonces en voga. Precisamente esa aptitud
para propiciar el baile, y sobre todo danzas "modernas", le hicieron ganar gran
popularidad, a la vez que cierta aureola de inmoral para ciertos sectores sociales.
Tanto que se le llegó a llamar "a mancheta d´o diaple", o sea, el fuelle del diablo,
provocador de pecaminosas relaciones a través de "indecentes" bailes en los que las
parejas se tocaban y aproximaban sus cuerpos más de lo permisible. Para la mayoría de
la población - muy especialmente para la gente joven - se convirtió en un instrumento
muy apreciado por su sonido y sus posibilidades. Y también para los organizadores de
la fiesta, ya que otra característica del aparato es su autonomía: un sólo músico se
convierte en orquesta completa, lo que le permite competir con formaciones clásicas
como la guitarra y el violín o la dulzaina y el tambor.
En realidad existe una amplia familia de instrumentos de lengüeta libre que van desde
la armónica de boca al harmonio de pedales, sin contar con parientes más remotos como
los órganos de boca del Extremo Oriente. Con "aspecto" de lo que popularmente se conoce
como acordeón (una caja que contiene unas lengüetas metálicas, un fuelle y unos botones,
accionando el conjunto con las manos) podemos encontrar diferentes tipos que responden a
dos principios básicos de funcionamiento: unisonoro (se obtiene la misma nota indistamente
del sentido del movimiento que se imprima al fuelle) o bisonoro (distintos sonidos según
se cierre o abra el fuelle). Además de ello, se hablará de acordeón "cromático" o "diatónico"
según el modo como estén organizadas sus escalas en los teclados, aunque a veces
las denominaciones resulten ambiguas. Concertina, bandoneón, melodeón, acordeón diatónico,
cromático... Estos dos últimos, dotados de botones para ambas manos, fueron los más
extendidos entre nosotros, aunque, sobre todo a partir de la mitad del siglo XX, fueron
destronados por el acordeón cromático con teclado "de piano" para la mano derecha.
A lo largo del siglo XIX se fue extendiendo por toda Europa, primero entre las clases
burguesas y, a raíz de la instalación de fábricas primero en en Italia y Alemania, luego en toda Europa - que elaboraban instrumentos más económicos, entre las clases populares. Parece ser que la llegada por vía comercial al sur de los Pirineos no se produjo hasta la primera década del siglo XX. No obstante su aparición en las zonas pirenáicas se adelantó a ello por los habituales contactos entre ambos lados de la cordillera. Del Atlántico al Mediterráneo conoció una gran difusión, sea como solista o integrado en formaciones diversas. En los valles altoaragoneses se ha venido utilizando en todo tipo de actos, acompañando rondas, auroras, sobremesas, danzas rituales, lúdicas, y tanto en manos de profesionales como de aficionados. Entre los cientos de instrumentistas conocidos de todas las épocas podemos citar algunos como Noe "Sarasa" y los de Cornudella de Baliera, en Ribagorza; Campo, de Mediano y Matías Saila de San Juan de Plan, en Sobrarbe, Indalecio Barrio de Santa Cruz de la Serós y, uno de los más recordados por toda la Jacetania, la Canal y las altas Cinco Villas: Felix Biniés Anaya, de Biniés. Entre las muchas imágenes hermosas en las que aparecen acordeonistas podemos destacar las fotografias de Lucien Briet en Buerba con siete músicos, dos de ellos con acordeón diatónico, y la "Ronda en la Cruz de Arriba", en Echo, de Ricardo Compairé.
El acordeón se reconoce como instrumento emblemático en tierras como Navarra o Bearn,
y ha conocido en las últimas décadas un resurgir en tierras catalanas, con el impulso
de encuentros como el de Arsèguel. Para tener una visión completa de la vida musical
pirenáica es preciso no olvidar su importante presencia en el Alto Aragón. Y qué mejor
lugar para recordarlo y vocearlo que la villa natal, y a la vez apellido, de un célebre
acordeonista: Biniés.
Ángel Vergara