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Familias de acogida, algo más que solidaridad.

Hasta hace bien poco para un niño-a que tenía que ser separado de su familia biológica no había otro recurso de protección que el de la institucionalización, con todos los déficits psicológicos y afectivos que ésta comporta. Para paliar, precisamente, estos déficits, surgió la figura del acogimiento familiar, en un intento de basar el desarrollo psicoafectivo de estos niños en los vínculos personales que definen toda cohesión familiar. Pero hablar de acogimiento familiar es hablar de temporalidad, de contacto y regreso a la familia biológica, de formación y selección de la familia de acogida... De todo ello hablamos en el siguiente reportaje y en los diversos artículos elaborados por distintos profesionales especializados en esta compleja temática.

Si bien las cifras de familias acogedoras han ido aumentando paulatinamente en los últimos años, son muchos más los niños que permanecen en Centros Residenciales que los que tienen la oportunidad de crecer en un ambiente familiar. Ambiente reparador, sin duda alguna, de dos importantes déficits: el de la propia familia biológica, incapaz, por diversas problemáticas, de ofrecer los cuidados necesarios a su hijo, y el que se deriva de la propia institucionalización (poco espacio  para  lo  privado, para el individuo como tal, y para el compromiso afectivo y   la exclusividad). Ello no significa que todos los niños que están en Centros Residenciales deban estar en familias de acogida. Estos dos modelos de protección de la infancia deben coexistir necesariamente, puesto que si bien para un determinado niño lo mejor es su integración en una unidad familiar, para otro puede ser la permanencia en un pequeño Centro Residencial, dependiendo siempre de las características del niño, de su situación concreta, de las relaciones que mantiene con su familia biológica, etc. No obstante, es evidente que muchos de los niños que permanecen en Centros Residenciales podrían pasar a vivir en familias acogedoras y ello sería mucho más positivo para su desarrollo, a todos los niveles. Lo único que haría falta, naturalmente, es que aumentara sensiblemente el número de familias dispuestas a acoger, en su seno, a uno de esos pequeños a los que la vida no les ha puesto nada, absolutamente nada, demasiado fácil.