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EXTRACTOS Infancia y adopción , Nº5, enero-junio 1999
 

La búsqueda de los orígenes

Los hijos adoptivos se ven obligados a integrar la dualidad que conforma su historia personal: por un lado tienen a su familia,  los padres que los han criado, con los que se han identificado, con los que conviven a diario y, por otro, a unos progenitores, tan ausentes como reales, de los que, a menudo, lo desconocen absolutamente todo. Mientras algunos hijos adoptivos no muestran el más mínimo interés por contactar o conocer más datos sobre sus padres de origen, otros acuden a distintas Administraciones intentando responder los muchos interrogantes para los que nunca ha habido respuesta, intentando hallar esa pieza que sienten que les falta en el puzzle de sus vidas. Y casi nadie, ni la Administración, ni la Justicia, ni, muchas veces, la propia familia, les ponen las cosas demasiado fácil.
¿Qué es lo que mueve a un hijo adoptivo a querer o no indagar en sus orígenes biológicos? ¿Por qué la mera posibilidad de que un hijo adoptivo quiera buscar a su madre de origen es todavía un tema tabú, con demasiada frecuencia, entre las familias adoptivas? ¿Qué peso tiene el origen en la construcción de la propia identidad? ¿A qué llamamos “origen”? ¿Qué es lo que conforma la “identidad” de un individuo?…
Todos estos interrogantes evidencian, sin duda alguna, la complejidad del tema. Lo cierto es que, llegada la adolescencia, cuando el individuo empieza a pensarse independientemente de su propia familia, la pregunta “¿quién soy yo?” constituye un eje vertebrador de sus días. Si ese adolescente es, además, hijo adoptivo, será inevitable que, además de preguntarse “¿quién soy yo?”, se pregunte también “¿quién podría haber sido?”.  Y es aquí, en esta falta de información, en esta laguna negra, ante lo que los diversos individuos desarrollan, según su propia historia, según sus experiencias…, diversas actitudes que van desde la mera curiosidad, sin una actitud activa de encontrar respuestas,  a la necesidad de hallarlas intentándolo por todos los medios posibles.
 
 

La identidad en el adolescente

El ser humano ha dirigido en este siglo su interrogación hacia sí mismo, tanto en el nivel individual como el social. El hecho de dominar el mundo sin haber podido ser dueño de sí mismo crea una situación potencialmente muy peligrosa. Esto hace pensar que el estudio de la identidad en nuestra época es tan estratégico como fue en tiempos de Freud el de la sexualidad.
Los autores de este trabajo planteamos la idea de que la identidad es el resultante de un proceso de interacción continua de tres vínculos de integración: espacial, temporal y social.
El primero comprende la relación entre las distintas partes de sí mismo, sobre todo del ser corporal, manteniendo su cohesión y permitiendo la comparación y el contraste con los otros. Tiende a la diferenciación sujeto-objeto. Lo denominamos vínculo de integración espacial. Corresponde al sentimiento de individuación.
El segundo apunta a señalar un vínculo entre las distintas representaciones de sí mismo en el tiempo, estableciendo una continuidad entre ellas. Es el vínculo de integración temporal. Es la base del sentimiento de mismidad.
El tercer vínculo es el que se refiere a la connotación social de la identidad y está dado por la relación entre aspectos propios y de los otros, mediante mecanismos de identificación. Es el vínculo de integración social. Da lugar al sentimiento de pertenencia a un grupo.
 
 
 

Vicky Sherpa, la fuerza de la educación

Vicky Subirana, o Vicky Sherpa, su apellido de casada, es una maestra catalana que lleva 8 años desarrollando en el Nepal proyectos educativos para niños y niñas sin recursos económicos. Esos niños y niñas, pertenecientes junto con sus familias a las castas más bajas de la sociedad nepalesa , para los que nadie contempla el derecho a la educación. Desde el convencimiento de que el acceso a la educación es una herramienta básica para mejorar las condiciones de vida de la infancia y de la sociedad  en general, Vicky Sherpa nos acerca hasta la dura realidad de la vida cotidiana en el Nepal: la escasez y miseria, un elevadísimo porcentaje de analfabetismo entre la población, el trabajo infantil, la tremenda división de castas y, también,  la  realidad, no siempre ética o legal, de las adopciones. A continuación, reproducimos algunas de sus respuestas a la entrevista.
“Es a través de la educación que se puede transformar el medio, el entorno. Si se incide únicamente en la parte económica y social, dejando de lado la educación, el resultado no es el mismo. Intentamos crear en el Nepal una escuela transformadora y abierta a todas las castas y etnias, que enseñe a los alumnos a mirar su entorno de manera crítica, que transmita un pensamiento creativo, analítico, de manera que permita a las personas incidir en la propia realidad cultural de la manera que ellas mismas quieran. La escuela hoy en día en el Nepal, además de no llegar a las clases más desfavorecidas, es una escuela que no da ninguna libertad al individuo para pensar por sí mismo, una escuela que funciona al dictado de la tradición cultural y de castas, que perpetúa las grandes injusticias sociales”.
“Yo insisto en que el acceso a la educación es una herramienta transformadora, capaz de generar cambios protagonizados por los propios agentes activos de esa sociedad (familias, niños…) y según las necesidades propias de aquel medio y no las impuestas por los políticos o por otros países. Se trata de formar a los individuos para que puedan escoger y construir, por ellos mismos, la sociedad que desean. No podemos arreglar las cosas desde un pensamiento impuesto por Occidente. Las soluciones han de salir de ellos mismos”.
“Deberíamos orientar nuestras energías a concienciar a los gobiernos, presionando para que ejerzan políticas realmente solidarias. Nuestro proyecto educativo y nuestros programas de ayuda en proyectos económicos para las familias no dejan de ser un pequeño remiendo que no arregla gran cosa, soy perfectamente consciente de ello, pero también es importante que unas 600 familias hayan podido progresar gracias a estos programas”.
 
 
 

Por una nueva cultura de la adopción

Cada uno de nosotros tiene una visión de la adopción. Apoyados en ideas preconcebidas, situaciones vividas, en sentimientos intuitivos y reflexiones más elaboradas, esta visión confiere un sentido determinado al concepto mismo de la adopción, concepto, por otra parte, primordial en la labor social de protección de la infancia. Pocos temas permiten, tanto como la adopción, dejar traslucir en una determinada sociedad, en un momento histórico dado, el valor de la infancia, la necesidad del gesto solidario, el poder de la indignación, la inconprensión de los obstáculos administrativos y culturales, el deber imperioso de actuar, la idea de familia, y en cierta medida, el sentido que le damos a la vida.
En Brasil, como en otros países, nuestro mayor desafío es el desarrollo de una nueva cultura de la adopción para el niño, para aquel niño que precisa encontrar una nueva familia, una posibilidad de crecer con la protección que merece y precisa durante su infancia. Si es posible afirmar que un niño abandonado es la señal mas grave de las deficiencias de una sociedad, tenemos la clara dimensión de nuestras responsabilidades.
Como cultura, entendemos la interacción de un conjunto de modelos comportamentales, de creencias, de instituciones, de valores espirituales y materiales construidos y transmitidos, colectivamente, por todas las comunidades. El concepto “cultura” está también asociado a desarrollo, a construcción de nuevos valores, la cultura está siempre asociada a transformación.
Cuando hablamos de adopción, hablamos de la construcción de un proyecto de vida para miles de niños y niñas, hablamos de la construcción de valores morales de ciudadanos, hablamos del futuro de nuestra sociedad, hablamos de esfuerzos colectivos en la mejora de los derechos y valores humanos.
 
 
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